2022, con educación y salud construyamos el futuro

José Murat | La Jornada

CIUDAD DE MÉXICO, 11 de enero de 2022.- Este año del 2022, el de una batalla contra el Covid 19 que no cesa y la necesaria reactivación económica, nos convoca a desear lo mejor a las familias mexicanas y del mundo entero, y también nos llama a reflexionar sobre las más eficaces vías para construir, con solidez y viabilidad, un mejor mañana, bajo la premisa avalada por los datos duros y las proyecciones racionales de que sin pasado no hay presente, pero tampoco hay futuro sin presente.

Tenemos que recordar y honrar el enorme legado histórico y cultural de nuestra gran nación, el fruto de la interacción de civilizaciones milenarias, hoy la economía número 15 del mundo y la 11 en población.  Pero de manera responsable tenemos que sembrar las semillas del futuro y cultivarlas con las mejores herramientas del progreso y la justicia: la educación accesible a todos y en general la apuesta por el conocimiento.  Con ellas incrementar el índice de desarrollo humano elaborado por la ONU, el ingreso suficiente, la salud plena y la prolongación de la esperanza de vida.

Ya lo decía el mayor filósofo de la administración y de la alta dirección del siglo 20, Peter Drucker, vivimos tiempos nuevos, tiempos de post capitalismo industrial y de post socialismo centralizado, vivimos en una nueva sociedad de conocimiento, en donde el trabajo que más reditúa es el trabajo mental no el material: la creación de valor ya no está en las materias primas y los activos físicos, y ni siquiera en los financieros, sino en la generación de ideas, la innovación hecha mejores bienes y servicios.

Por eso en la estimación del FMI para el 2022, los países que más crecerán, hasta en un 6.2%, son los que más han invertido en educación y conocimiento, los países del sudeste asiático y recientemente también China. En cambio, desafortunada pero no irremediablemente, los países que menos crecerán son los de América Latina y el Caribe: sólo aumentarán su PIB en un 0.6%. Ni siquiera el uno por ciento.

Sólo con niños y jóvenes con altos niveles de educación, mayores al promedio de escuela secundaria de hoy día hasta alcanzar el grado universitario, la región podrá competir en la nueva era de la economía del conocimiento, donde los productos de alta tecnología son los que mejor se cotizan en el mercado, como los derivados de la inteligencia artificial, la nanotecnología, la ingeniería genética y las propias patentes de vacunas y medicinas.

Son esos bienes de tecnología de punta los que tienen el mayor valor agregado, frente a las materias primas, las manufacturas y los servicios tradicionales y convencionales.

Definitivamente el mundo ha cambiado y el subcontinente latinoamericano y del Caribe no puede mantenerse al margen. Los datos del Banco Mundial son contundentes: mientras en 1960 las materias primas representaban el 30 por ciento del producto bruto mundial, al inicio del siglo XXI significaban menos del 5 por ciento. La parte fundamental de la economía mundial está hoy en el sector servicios, siempre que tenga recursos humanos calificados, el 68 por ciento, y el sector industrial, el 29 por ciento. Esa tendencia se mantiene y se profundizará cada vez más.

Los recursos naturales, pues, ya no son los que producen más riqueza, crecimiento y mucho menos calidad de vida. Los países que más han avanzado, sobre todo en los últimos 50 años, son los que apostaron a la formación de las nuevas generaciones y a la economía del conocimiento.  

Las crisis mundiales recurrentes, como la del crack inmobiliario del 2008 y la iniciada en el 2020 con la pandemia sanitaria, sólo han recrudecido las desigualdades regionales, favoreciendo a las naciones más competitivas, las que pueden producir bienes y servicios sofisticados y a menor precio.  Mientras, las menos competitivas se rezagan más.

Esto significa que tenemos que mirar a quienes hoy son vanguardia, a quienes han creado las bases del desarrollo y el bienestar, a quienes invirtiendo en educación, ciencia y conocimiento han crecido más y han resuelto los desafíos de la autosuficiencia alimentaria, la salud de calidad, la escolaridad universal, la seguridad para personas y familias, los servicios públicos eficientes.

Los héroes del futuro son los jóvenes, mujeres y hombres, con ellos tenemos que trabajar, dotándolos de las herramientas del conocimiento para construir esas bases del desarrollo sostenible traducido en calidad de vida, y que al mismo tiempo se preocupa por los equilibrios del planeta. Con ellos, quienes hoy se forman en las aulas y en las fórmulas de la información digital, edificar las bases del futuro inmediato, este año que recién inició y la tercera década del siglo XXI.

Unas bases sólidas, con menor pobreza y mayor igualdad social, sólo podrán ser construidas si limamos las aristas de una globalización excluyente, y si ganamos competitividad, con educación de plena cobertura y mayor escolaridad promedio.

El desarrollo medido en indicadores de calidad de vida lo tenemos que procurar para todos los seres humanos, pero en especial para América Latina, una región que requiere como nunca un cambio de paradigma: sin olvidar nuestra identidad cultural y nuestro legado histórico, por el conocimiento conquistar el futuro.

Presidente de la Fundación Colosio

José Murat | La Jornada

CIUDAD DE MÉXICO, 11 de enero de 2022.- Este año del 2022, el de una batalla contra el Covid 19 que no cesa y la necesaria reactivación económica, nos convoca a desear lo mejor a las familias mexicanas y del mundo entero, y también nos llama a reflexionar sobre las más eficaces vías para construir, con solidez y viabilidad, un mejor mañana, bajo la premisa avalada por los datos duros y las proyecciones racionales de que sin pasado no hay presente, pero tampoco hay futuro sin presente.

Tenemos que recordar y honrar el enorme legado histórico y cultural de nuestra gran nación, el fruto de la interacción de civilizaciones milenarias, hoy la economía número 15 del mundo y la 11 en población.  Pero de manera responsable tenemos que sembrar las semillas del futuro y cultivarlas con las mejores herramientas del progreso y la justicia: la educación accesible a todos y en general la apuesta por el conocimiento.  Con ellas incrementar el índice de desarrollo humano elaborado por la ONU, el ingreso suficiente, la salud plena y la prolongación de la esperanza de vida.

Ya lo decía el mayor filósofo de la administración y de la alta dirección del siglo 20, Peter Drucker, vivimos tiempos nuevos, tiempos de post capitalismo industrial y de post socialismo centralizado, vivimos en una nueva sociedad de conocimiento, en donde el trabajo que más reditúa es el trabajo mental no el material: la creación de valor ya no está en las materias primas y los activos físicos, y ni siquiera en los financieros, sino en la generación de ideas, la innovación hecha mejores bienes y servicios.

Por eso en la estimación del FMI para el 2022, los países que más crecerán, hasta en un 6.2%, son los que más han invertido en educación y conocimiento, los países del sudeste asiático y recientemente también China. En cambio, desafortunada pero no irremediablemente, los países que menos crecerán son los de América Latina y el Caribe: sólo aumentarán su PIB en un 0.6%. Ni siquiera el uno por ciento.

Sólo con niños y jóvenes con altos niveles de educación, mayores al promedio de escuela secundaria de hoy día hasta alcanzar el grado universitario, la región podrá competir en la nueva era de la economía del conocimiento, donde los productos de alta tecnología son los que mejor se cotizan en el mercado, como los derivados de la inteligencia artificial, la nanotecnología, la ingeniería genética y las propias patentes de vacunas y medicinas.

Son esos bienes de tecnología de punta los que tienen el mayor valor agregado, frente a las materias primas, las manufacturas y los servicios tradicionales y convencionales.

Definitivamente el mundo ha cambiado y el subcontinente latinoamericano y del Caribe no puede mantenerse al margen. Los datos del Banco Mundial son contundentes: mientras en 1960 las materias primas representaban el 30 por ciento del producto bruto mundial, al inicio del siglo XXI significaban menos del 5 por ciento. La parte fundamental de la economía mundial está hoy en el sector servicios, siempre que tenga recursos humanos calificados, el 68 por ciento, y el sector industrial, el 29 por ciento. Esa tendencia se mantiene y se profundizará cada vez más.

Los recursos naturales, pues, ya no son los que producen más riqueza, crecimiento y mucho menos calidad de vida. Los países que más han avanzado, sobre todo en los últimos 50 años, son los que apostaron a la formación de las nuevas generaciones y a la economía del conocimiento.  

Las crisis mundiales recurrentes, como la del crack inmobiliario del 2008 y la iniciada en el 2020 con la pandemia sanitaria, sólo han recrudecido las desigualdades regionales, favoreciendo a las naciones más competitivas, las que pueden producir bienes y servicios sofisticados y a menor precio.  Mientras, las menos competitivas se rezagan más.

Esto significa que tenemos que mirar a quienes hoy son vanguardia, a quienes han creado las bases del desarrollo y el bienestar, a quienes invirtiendo en educación, ciencia y conocimiento han crecido más y han resuelto los desafíos de la autosuficiencia alimentaria, la salud de calidad, la escolaridad universal, la seguridad para personas y familias, los servicios públicos eficientes.

Los héroes del futuro son los jóvenes, mujeres y hombres, con ellos tenemos que trabajar, dotándolos de las herramientas del conocimiento para construir esas bases del desarrollo sostenible traducido en calidad de vida, y que al mismo tiempo se preocupa por los equilibrios del planeta. Con ellos, quienes hoy se forman en las aulas y en las fórmulas de la información digital, edificar las bases del futuro inmediato, este año que recién inició y la tercera década del siglo XXI.

Unas bases sólidas, con menor pobreza y mayor igualdad social, sólo podrán ser construidas si limamos las aristas de una globalización excluyente, y si ganamos competitividad, con educación de plena cobertura y mayor escolaridad promedio.

El desarrollo medido en indicadores de calidad de vida lo tenemos que procurar para todos los seres humanos, pero en especial para América Latina, una región que requiere como nunca un cambio de paradigma: sin olvidar nuestra identidad cultural y nuestro legado histórico, por el conocimiento conquistar el futuro.

Presidente de la Fundación Colosio

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