Camino a Bellas Artes: recital de Javier Camarena

Alicia Alarcón

Eran las siete de la noche cuando F. me dejó en la esquina de Madero y Eje Central, frente a la torre latinoamericana. La lluvia empezaba a arreciar. Muy amable F. me entregó una sombrilla rota, no lo sabíamos hasta que la abrí. Ni modo, afortunadamente había otra más que pude utilizar. F se despidió, a la vez que me dijo vienes a la Freddie Mercury. Volteé a ver mi chamarra: deslumbrante, amarillos dorados sobre blanco. En ese momento, se convirtió en mi piel que habitó por una noche a una estrella de rock camino al recital de Javier Camarena, en el Palacio de Bellas Artes.

Esa esquina es una bisagra entre ambas calles, a la vez que transformadora, ya que cada segundo es un polo de atracción para todo tipo de cosas, desde robos a transeúntes, hasta el escenario donde atractivos circenses de la calle se exhiben, además de ser paso de manifestantes de todo tipo.

Las gotas de agua caían como afiladas estacas sobre el pavimento. Al fin el semáforo peatonal pasó a verde. El arranque para cruzar fue un combate de cuerpo a cuerpo, de un lado los que salían del centro histórico, y del otro los que entraban a él. Como si fuéramos troyanos contra griegos, nos vimos con miradas retorcidas y aguzadas. Con paso ágil me dirigí con el estandarte de Freddie Mercury, que me defendió de ese enfrentamiento visual y que representó mi triunfo en el combate. En ese momento construí en mi mente el título en inglés de la canción We are the champions, y enseguida pensé sobre el concierto de Javier Camarena que iba a escuchar a Bellas Artes. Empecé a recordar que fue a invitación de L. y R.  que en el lugar me encontraría con C.  Meses antes las redes anunciaron su gira “Tiempo de cantar” en varias ciudades del país: Mérida, Cuernavaca y CDMX.  Me enteré que María Hanneman, joven pianista, lo acompañaría en el piano. Ella es estudiante del Conservatorio Nacional de Música. Todos los viernes, o casi todos, realiza entrevistas a virtuosos musicales y ofrece la cartelera cultural en el espacio del periodista Julio Hernández, conocido como “Astillero”.  María es jovial, alegre y disciplinada; cuenta que desde que estaba en la panza de su mamá escuchaba a Mozart. Le gusta el jazz, se considera fan de Martha Argerich, pianista de origen argentino nacionalizada suiza, quien es reconocida como una de las mayores exponentes de su generación.

Ya del otro lado de la acera, una vez invicta de la batalla urbana, seguí al frente ¿y de frente? el Palacio de Bellas Artes, el máximo recinto cultural del país. En uno de los tantos libros que hay sobre su historia se señala que hace 87 años, la mañana del sábado 29 de septiembre de 1934 se inauguró la sala principal de conciertos, donde tocó la Orquesta Sinfónica de México bajo la batuta del maestro Carlos Chávez. Ahora casi nueve décadas después, C. y yo estábamos ahí para escuchar el recital del tenor Javier Camarena, acompañado del pianista Ángel Rodríguez con quien celebró su primera década de trabajo, así como de María Hanneman quien debutó esa noche en dicho foro.

Difícil saber cuántos artistas han pisado este escenario, desde su inauguración. Lástima que Freddie Mercury no se haya presentado allí. ¡Habría sido espectacular! La banda de Mercury, Queen, vino a México en 1981 cuando el país no gozaba de buena organización, ni de inmuebles ni condiciones adecuadas para este tipo de conciertos musicales. Sin embargo, el espectro de él estaba en mi, escuchándolo en mi interior y a dueto con Javier Camarena.

Ya en Bellas Artes, y ante un lleno casi total, 900 asistentes (con excepción de las butacas que debe dejarse por las medidas de sana distancia) el recital de Javier Camarena fue recibido con ovaciones y aplausos. Me preguntaba ¿cómo le hizo este tenor cuarentón procedente de Xalapa, Veracruz, para lograr ser lo que es? Quince años de carrera internacional, en cuyo trayecto alcanzó el reconocimiento del mejor cantante masculino en 2020. ¿Cada cuánto y por cuanto tiempo practica? Debe estar en perfectas condiciones sin tos ni “gallitos”, ¿cómo le hará para evitarlo?, ¿se “echará” un traguito de tequila o mezcal para aclararla?, ¿igual que cómo le hacían Jorge Negrete y Pedro Infante en esas películas de rancheras cuando entonaban la voz antes de cantar?

Javier Camarena es un artista que no pertenece a una familia de tradición musical. Desde los cinco años escuchaba la radio y música en discos de acetato, los famosos LPs. Particularmente le gustaba CriCri, incluso en el kínder le tocó bailar “La negrita cucurumbé”. Posteriormente, en su adolescencia ingresó al coro de una iglesia donde le vino a la cabeza ser compositor de música litúrgica. Ya en su juventud cantó en grupos de rock. No faltó el bolero, o la ranchera, y cuenta que nunca pudo imitar a Pedro Infante. A su repertorio de es época se suman Jorge Negrete, e incluso Tín Tan. El comienzo en el canto fue fortuito y al ser algo que no tenía planeado, no tenía ambiciones. A iniciativa de su maestra de canto, se fue a estudiar a Guanajuato, luego de que abandonó la carrera de Ingeniería Mecánica Eléctrica. Tiempo atrás, por la década del ochenta del siglo pasado, había escuchado a Plácido Domingo quien fue para él, indirectamente, una persona importante en el trayecto de su carrera. Después de tres años de estudio, Javier Camarena participó por primera vez en un concurso internacional, en Trujillo, Perú, en 2001. Pero no ganó. Al contrario, fue eliminado casi al principio. Sin embargo, se empecinó y se dio cuenta que estaba hecho para eso, para ser tenor. Disciplina, hábito y  estudio, pilares en su vida para lograr la calidad y el reconocimiento. Un día, le llamaron de la Ópera de Zurich para que cantara en “La italiana en Argel” de Rossini. Todos quedaron maravillados con su voz, y el dominio de la técnica vocal que le ha permitido abordar con naturalidad el repertorio de compositores italianos. Desde entonces se puede decir que Javier Camarena empezó a “brillar” en los escenarios operísticos. Cuenta que con “La cenicienta” en el MET de Nueva York, ante cuatro mil personas que caben en este recinto, sintió que había emocionado a todo el público porque al término de la presentación vino una cascada de aplausos. Actualmente, se ha posicionado como uno de los artistas más destacados y solicitados del mundo.

Durante todo el recital, el público de Bellas Artes aplaudía al término de cada interpretación del tenor. Por un lado, la gente trataba de callar los aplausos con un shhh ya que se quería disfrutar hasta la última nota del tenor. Pero la emoción invadió y muchos más se dejaron llevar por ella al momento de que interpretó canciones mexicanas, que fueron más festejadas. ¡No importó! Se aplaudió a pesar de.

Yo seguía pensando, que generosidad de Javier, nunca dejó de agradecer el trabajo pianístico de Ángel Rodríguez y presentar a María Hanneman ante un recinto como lo es Bellas Artes quien, por cierto, salió al escenario radiante enfundada en un vestido de gasas rojas.

Todos compartíamos de esa efímera felicidad que representa estar entre artistas de calidad. En ese momento pensé en la posibilidad de que Javier Camarena hiciera un tributo a Freddie Mercury. Y luego me visualicé en esa esquina de Madero y Eje Central, esperando el semáforo verde para iniciar el combate visual entre troyanos y griegos y salir triunfante nuevamente rumbo a Bellas Artes.

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