¿Hay magia en los zapatos?

Alicia Alarcón

¿Qué poder tendrían tus zapatos si fueran mágicos? ¿A qué aventura te llevarían?

Inicio con estas preguntas que me planteé cuando era niña, y que ahora me motivan e inspiran los cuentos y narraciones populares que describen zapatos fabulosos con poderes. Los zapatos pueden ser instrumentos mágicos porque nos protegen, se vuelven cómplices de nuestras aventuras y nos ayudan a conseguir el objeto deseado, nos acompañan en el camino que recorremos, a veces llenos de obstáculos y pruebas difíciles, nos otorgan identidad y sostienen el andar de nuestros traslados cotidianos.

Recuerdo que de niña miraba una y otra vez, las ilustraciones de varios cuentos como los de Las mil y una noches, que describían a las princesas árabes disimuladas tras velos y calzando babuchas de seda terminadas en punta retorcida, de colores ocres similares a los de esas tierras desérticas. Otra imagen que tengo muy grabada en la memoria es la de La niña de los fósforos, donde una veta de luz resaltaba los pies desnudos de la pequeña, a un lado los zapatos anchos y desgastados de su abuela. Ante la Cenicienta o el zapatito de cristal, me cuestionaba cómo podía entrar el pie en una zapatilla de cristal sin romperse, y soportar el dolor que seguramente sufría en tan angosto calzado. He llegado a comparar esa imagen con la del pie de hoy a la hora de probarnos las zapatillas, el pie que hoy hace malabares moviendo sus 26 huesitos para calzarse.

Hay zapatos que, cargados de significados relevantes para el desarrollo de la historia, se vuelven únicos, como sucede en Blanca Nieves, en la versión de los Hermanos Grimm (Cuentos de la infancia y del hogar), donde al final la madrastra de la niña es forzada al final del cuento a bailar con unos zapatos de hierro calientes, hasta que cae muerta. Otro ejemplo es Las zapatillas rojas, en que se alerta sobre los peligros de la vanidad.

La mitología irlandesa habla de los Leprechaun, famosos por los zapatos que fabrican y el oro que guardan. Según las leyendas, elaboraban desde botas y zapatos de tamaño humano hasta pequeñas zapatillas para las hadas. En el folclore irlandés abundan las historias de pequeños duendecillos que reparan zapatos de humildes campesinos mientras duermen.

A veces, los zapatos guardan relación con los viajes y sus infinitas posibilidades. Tal es el caso de El Gato con Botas, Pulgarcito o Gulliver. Los zapatos plateados o rojos (según la versión que sea) de Dorothy en El maravilloso mago de Oz, que la regresan a casa. En Franny´s Feet, una niña que viaja alrededor del mundo cuando calza los distintos pares de zapatos del taller del abuelo.

La sandalia es la heroína en los largos viajes, como el de Moisés, quien dijo a sus seguidores: “Los he hecho marchar durante 40 años en el desierto y nuestras sandalias no se han gastado”.  Otro periplo, el de Ulises. Veinte años tardó en regresar a Ítaca. En el andar, sus sandalias fueron cómplices de aventuras. Al igual que Eneas, hizo su vida un viaje y de sus sandalias, testigos y cómplices de experiencias.

Una de las referencias mitológicas más antiguas son las famosas sandalias aladas de Hermes; dios griego mensajero que cruzaba las fronteras con extraños y guiaba las almas al inframundo. En la antigua Roma era llamado Mercurio. Quien llevaba estas podían volar, y en la mitología griega fueron entregadas a Perseo, junto con otros artefactos, para hacer frente a Medusa.

Cosas maravillosas, las sandalias. Casi no han cambiado desde el tiempo de las comunidades primitivas. Una famosa marca de este tipo de calzado, ha dado a cada modelo el nombre de una región del mundo, un recordatorio de que la sandalia fue el primer calzado. Aunque no sobra recordar que desde que nacemos traemos nuestra propia suela: la planta del pie.

Actualmente, la publicidad asocia los zapatos al éxito de quienes los usa, creando así estereotipos. Afirma, por ejemplo, que el uso de una determinada marca de botines te hará lucir un jugador tan bueno como los jugadores profesionales, o que con determinados tennis saltarás más alto o correrás más rápido

Lo mágico también está en las tragedias. En el Diario de un náufrago de Gabriel García Márquez, el protagonista quiso comerse la suela de su zapato. La publicidad aprovechó esta desgracia para dar fama al calzado: el náufrago se llegó a alquilar para anunciar los zapatos, tan fuertes que no los pudo desgarrar para saciar su hambre.

Para explicar el modelo básico de los relatos épicos de todo el mundo Joseph Campbell, creó El Viaje del héroe, incluido en El héroe de las mil caras. Ese relato no es solamente una aventura física que transporta al héroe de un lugar a otro; se trata también de un viaje espiritual que lleva al personaje de la inocencia y la ignorancia a la experiencia, el conocimiento y a la sabiduría. El objetivo real de la expedición es el descubrimiento de un mundo interior donde se concentran todas las fortalezas y debilidades. Para viajar, el héroe se tiene que equipar con objetos mágicos. Vladimir Propp, menciona que los medios mágicos pueden ser animales u objetos que poseen poderes: espada, zapatos, bastón y pan que ayudan al héroe a alcanzar la meta.

En la vida somos héroes. El Diccionario de la lengua española define héroe como una “persona que lleva a cabo una acción heroica”. Cada uno de nosotros realiza ciertas actividades, y para ello nos trasladamos de un lugar a otro, de una ciudad a otra, de un país a otro. En este andar, avanzar o detenerse nos acompañan nuestros zapatos, prenda que caracteriza, da identidad y anima un sentimiento de pertenencia, muchas veces inadvertidamente. Somos discreta imagen de los personajes fantásticos que imitamos y en quienes creamos. Como ellos, nos valemos de un objeto que nos distinga, que nos dé fuerza y sostén en la tierra o en un mundo imaginario.

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