La creación del hombre

Por Mauro Alberto Navitas Carbajal*

Oliverio era el hijo único de una familia católica que habitaba en el margen de una zona urbana; su madre y padre alimentaban su fe con solemnes ruegos y maldiciones cómo esta: “Hay diosito, a ver si ahora sí me haces el favor carajo”. La madre trabajaba en las tareas del hogar, platicaba con vecinas, escuchaba música a gran volumen, lavaba, tendía ropa y planchaba, todo al mismo tiempo sin terminar una sola cosa bien jamás. El padre era un burócrata con dos turnos, de lunes a viernes y trabajos por su cuenta los fines de semana, era amargado y neurótico. Oliverio, estaba acostumbrado a estar regañado y solo, su lúgubre cuarto estaba poblado solo por un catre, revistas y telarañas. En la escuela casi no tenía amigos, conseguía buenas calificaciones bajo amenaza de golpizas que de cualquier forma llegan por la poca paciencia de sus padres.  Así que, a menudo, lamentaba esta vida en la que la mala fortuna y la sensación de vacío lo perseguían. En los recreos de la escuela compraba solo una torta y guardaba el dinero destinado a la bebida para esperar los jueves y comprar sus historietas favoritas en el puesto de periódicos, que luego leía con avidez y en soledad. Melodramas y sagas de aventuras le hacían estallar la cabeza, héroes increíbles con poderes sobre humanos, historias que ponían a prueba los valores de los personajes que integraban el universo en cada página, le ayudaban a mantenerse a flote. Las curvas amplias y bien trazadas siluetas de mujeres en las historietas, le provocaban tensión en el cuerpo y lo obligaban a expresar largos suspiros. Mafalda ya no le hacía gracia, quizá ya nada le hacía gracia. Las tiras cómicas las sustituyó por novelas y diccionarios que ensancharon sus lagunas intelectuales.  Aunque Oliverio creció, siguió siendo el mismo flacucho taciturno con la espalda encorvada, llevaba siempre las manos metidas en las bolsas de los pantalones, caminaba rápido y siempre cargaba kilos de libros, menos pesados para su espalda, que sus incertidumbres e inseguridades; así, al fin terminó sus estudios universitarios y consiguió un trabajo.

-Oliverio, ¡te dimos un anticipo hace un mes y hoy a las doce del día aún no nos has entregado nada!, ¡Te advierto que, si no me entregas el texto de “El mito de la creación del hombre”, para cerrar esta edición, sabrás lo que es una demanda! Recuerda que esta prestigiada editorial te dio tu primera oportunidad, recuerda que tu contrato se renueva automáticamente; así que todos los cabellos que has perdido en estos años, los que te quedan en cualquier parte del cuerpo, tu tabaquismo y todo… ¡nos lo debes!

Era la tercera llamada de la mañana y Oliverio ni siquiera había tomado un sorbo de café, no podía o no quería responder, el aire de su exhalación se arrastraba como un caracol por la garganta.  Alejaba el auricular de su oído como en cámara lenta, rumiaba con saliva seca un sentimiento de odio contra su editor, mientras, la voz en la bocina seguía punzante y amenazadora. Oliverio cortó el cable del teléfono con la misma navaja que usaba para afilar el lápiz con el que escribía y de pronto se interrumpió la señal.

Mientras Oliverio se deshacía de la voz en el teléfono y del teléfono, lo asaltaban algunos recuerdos.

Escuchaba a su madre diciéndole: “¡No odies, porque odiar es malo!”. Su padre decía: “¡Que tu mano derecha no sepa lo que hace la izquierda!” Y cada quien, en su turno, lo arremetía a cinturonazos. Él se protegía como formando un caparazón para resistir.

Recordó también el día en el que consiguió el contrato con la editorial; era muy joven y estaba nervioso, el editor le ofreció un cigarro y le acercó un cenicero. Oliverio sorprendido e inseguro, no supo cómo negarse y aceptó el cigarro, después de fumar y toser, intentó entablar una conversación y dijo con voz entrecortada – ¿por qué usa la concha de un caracol tan bello como cenicero?

El editor lo miró con desprecio y contestó de forma tajante: ¡No es mi culpa, yo no lo maté!

Le extendió una hoja de papel y le ordenó: ¡Firma aquí!

Después de que Oliverio firmó el contrato, el editor le regaló el cenicero y la cajetilla de cigarros; le dijo con un tono de voz autoritario, como si hablara el diablo después de haberle comprado el alma:

– ¡Toma Oliverio, la culpa ahora es tuya, llévate el cenicero, los cigarros y ponte a trabajar!

Oliverio estaba acostumbrado a tragarse con dificultad el pasado que le hacía un nudo en la garganta. Después de cortar la llamada, se sentó en una silla que debería tener más ruedas, pero el uso y el tiempo la desvencijaron; como sea, se deslizaba para aproximarse a la mesa de escritura ahondando los surcos que ya habían herido el piso de duela. Los dedos de Oliverio angustiados caminaban torpes sobre el límite del borde de la cubierta de la mesa; sobre ella, había un lápiz, algunas hojas de papel, una navaja, un revólver, una taza vacía con manchas viejas de café, cigarros y el cenicero hecho con el caparazón de un caracol “nautilus”, que le había regalado su editor. Desde hace años, cada vez que Oliverio se sentaba frente a su mesa, prendía un cigarro y fijaba la vista en la espiral perfecta del cenicero.

Últimamente Oliverio estaba agotado y disperso, se mezclaban sus recuerdos con sus ideas, pero cuando se le aparecían las musas, cerraba los ojos y elevaba la ciega mirada al techo para darles un espacio infinito en su imaginación… Si le sonaba bien esa idea en la cabeza, era una señal de que quizá la podría escribir…

De pronto una historia sobrevino por el líquido espeso y caliente de la cabeza de Oliverio, se le había ocurrido una idea para escribir “el mito de la creación del hombre” y por fin quitarse de encima al editor:

Un estallido descomunal formó el universo como lo conocemos. Todavía hay ecos de ese estruendo. El viento lleno de miedo, estaba agazapado en una cueva en lo alto de la montaña. Con el tiempo nació y se multiplico la vegetación; la montaña se pobló de diferentes tonos de verde. El viento tímido, zigzagueaba entre troncos y arbustos, se daba gusto arremolinando hojas secas. Los arbustos le contaron al viento que en las tierras bajas habitaba una sustancia transparente como él, algo así como viento líquido y que debía ir a investigar. Algunos arbustos que crecieron en las tierras bajas, guiaron al viento hasta llegar a mirar de frente al agua. Ella se extendía en el horizonte hasta donde ya se pierde la vista. Confirmó su transparencia y se sorprendió del poder que tenía de reflejar como un espejo las nubes durante el día y en las noches de Luna, también las estrellas. El viento se estremeció con la voz clara y profunda con la que el agua se presentó. Con una mezcla de miedo y curiosidad, el viento dio un paso más y se deslizó sobre ella. Al tocarse, se estremecieron, entonces, pequeñas olas en círculos se movieron entre ellos, así permanecieron ¿no se sabe cuánto tiempo? Juntos y levemente inquietos, observaron la Luna y a todas las estrellas en el firmamento; los dos acumularon conocimiento y la confianza entre ellos fue creciendo. Algunos arbustos y palmeras se acercaron curiosos a presenciar las danzas suaves entre el agua y el viento, con movimientos de avance y retroceso, dejaban en la orilla de la playa espuma blanca, residuos de un amor eternamente anclado al sonido del choque entre sus cuerpos. Los sonidos del acoplamiento fueron creciendo. Bufaban las poderosas ráfagas transparentes de viento penetrando el agua que nunca había sido vista más salvaje. Descontrolados se arremolinaban envistiendo las playas y mojando los farallones, creaban sumideros y con el vapor de agua se dibujaban arcoíris de colores. El agua se percibía poderosa, clara y espesa, se retorcía y se fragmentaba en mil manos blancas que se aferraban al lomo del viento que huía en galope suicida, sin entender nada. Llegaron al cielo, formaron nubes y también tormentas que dejaban arbustos y palmeras rotos de tiempo en tiempo.

-¡Hemos creado vida! -Le dijo el agua al viento.

Respondió el viento -Recuerda que hemos danzado en la creación de otros planetas y universos, la vida evoluciona y se perfecciona con el tiempo, llegarán las criaturas que creerán que son perfectas y se olvidaran de la perfecta simpleza que hay en su naturaleza. La soberbia los confundirá y terminaran por destruirlo todo hasta extinguirse.

Oliverio no tenía ninguna experiencia en el amor y se estremecía en su asiento imaginando que él era el viento, la escena de pasión imaginaria le provocó que le sudaran y le temblaran las manos, con la derecha se tocaba la entrepierna, sentía culpa por la autocomplacencia, pero dio paso a la indiferencia y se abrió la bragueta. Los dedos de su mano izquierda frotaban la suavidad de las hojas de papel, ávidas y dispuestas a la creación; con su mano derecha apretaba esa parte de su cuerpo, como a una presa sofocada. Al mismo tiempo que las piernas de Oliverio se cerraron de golpe, las caricias sobre las hojas se transformaron en zarpazos y terminó por estrujarlas. Los ojos seguían cerrados, la cabeza echada atrás colgaba como desmayada. En el oscuro silencio del infinito que Oliverio creaba para su historia, la mano izquierda soltó las hojas y tomó el cenicero de “nautilus”, lo pegó a su oreja; estaba vacío del sonido del mar, el delicioso rumor se había fugado sobre el lomo del humo de los cigarros. Al sentir el vacío de su propia existencia su mano derecha tomó el revólver pavonado y lo apuntó a su cabeza. La otra voz, la de la culpa, igual de clara, espesa y transparente, que también venía del silencioso vacío de la nada, gritaba en su mente: “No es mi culpa, yo no lo mate” …

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Producto del Taller de Relato “Tarde de Papel”, que considero ha aportado en época de la pandemia un aliciente a todos sus integrantes, ha dado como resultado diferentes escritos narrativos. Es un placer el presentar los primeros textos de dicho taller al escrutinio de los lectores de este importante medio de difusión digital.

En esta segunda entrega, presentamos el cuento intitulado La creación del hombre, escrito por Alberto Nativitas, quien con agudeza psicológica nos muestra a Oliverio, un escritor que padece agobio laboral, quien ya no soporta la carga de trabajo que le impone su editor. ¿Cómo visibilizar que existe el acoso laboral y que una persona puede llegar a traspasar ese umbral donde está en peligro la vida? Alberto logra fuerza en el relato al atrapar al lector desde la primera línea; su mirada atrapa a personajes cotidianos que viven vidas caóticas, en mundo caóticos.  Es una forma de ilustrar la “modernidad” humana.

Agradeceré recibir sus comentarios que servirán de retroalimentación a todos nosotros, a través de este medio. Atentamente, Alicia Alarcón.

2 Comments

  1. Miriam Romo said:

    Alicia muchas felicidades por tu iniciativa y por tu trabajo siempre profesional. Felicidades a Alberto, un escritor que nació en tu taller. Tardes de papel.

  2. editorcronica said:

    Excelentes resultados del taller de Alicia Alarcón. Muchas felicidades. Se están forjando nuevos y muy interesantes escritores.

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