Los duelos de la pandemia

Por Rosario Pinelo

* Texto premiado en el concurso Miradas Artísticas sobre la Pandemia, del Programa Universitario de Estudios sobre Democracia, Justicia y Sociedad (PUEDJS) de la UNAM

Diana miraba por la ventana cómo pasaba la vida frente a sus ojos.

El del gas desde muy temprano; las combis con su característico sonido al acelerar para pasar los topes de la calle; el tamalero; la basura, tocando la campana varias veces en el día; la gente en su agitado ir y venir; las risas de los niños; el panadero con el pan.

Un desfile interminable que no disminuía ni por la noche, porque entonces salían los vendedores de todo tipo de antojitos. La verbena cotidiana.

Para la mujer, que acababa de perder su empleo, los días se habían vuelto interminables desde el 23 de marzo, y parte del tiempo lo ocupaba en mirar por la ventana pues ya no podía salir tanto como le hubiera gustado.

Debido a la emergencia sanitaria, la actividad había empezado a disminuir, las escuelas, museos y cines habían cerrado en la ciudad de México, así lo decían las noticias, pero de este lado de la zona conurbada nada cambió, al principio.

El supermercado cercano estaba más lleno sin ser quincena. Y la gente que acudía como si fueran días festivos, llevaba todo tipo de botanas: bolsas de chicharrones, pan, jamón, helado, refrescos.

El mercado tampoco mostraba muchos cambios, sólo había más niños con sus padres y hasta con los abuelos, como en vacaciones. Muchos vecinos incluso hacían fiestas que duraban hasta la madrugada.

Diana era una mujer de complexión delgada, baja de estatura y bastante aprensiva, cumpliría 57 años en estas fechas y por primera vez lo haría encerrada en casa. Habían hecho planes para su festejo pero ante la emergencia, todo se canceló y ella no pudo evitar sentirse frustrada, “lo que me faltaba”, pensó, “una pandemia”.

Los primeros días escuchaba las noticias a diario para saber cómo avanzaba el virus por el mundo. Leía las notas en Facebook y se reía con los memes. Después poco a poco las abandonó, porque notó que la ansiedad que padecía desde hacía unos años, empezaba a manifestarse de nueva cuenta.

Lo supo también porque después del cierre de su empresa, su ánimo empezó a decaer. Se sentía angustiada, triste, sin ganas de nada y además le preocupaban muchas cosas: su economía, su hijo y esposo que tenían que seguir saliendo a trabajar, su madre…

Pero también fue porque las medidas de higiene recomendadas se volvían más restrictivas, creándole paranoia: que si desinfectar con cloro, que si bañarte al regresar de la calle, que lavar toda la ropa expuesta…

En la segunda semana de abril, se sintió más triste y ansiosa. No hubo procesión, ni misas en su colonia; y por primera vez el Viacrucis de Iztapalapa se transmitió por televisión en solitario. No fue igual para ella que esperaba con singular gozo estas fechas, sintió que algo le faltaba.

Empezó a salir a hacer las compras para escapar del encierro; quería ver a la gente caminar por la calle. Eso le traía un poco de calma. Aunque también un poco de temor. No quería estar muy cerca, y ellas insistían en estarlo. “¡Rayos!”, pensaba. Una que otra incluso estornudó o tosió a unos centímetros. Después de eso se sentía enferma, con la garganta irritada. “Esta gente no entiende, ¡por Dios!”. Las tachaba de ignorantes y necias. Pero al llegar a casa respiraba profundo y se repetía: “No pasa nada, es mi ansiedad”, concluía.

Los días se hicieron eternos, y más cuando al escuchar las noticias supo que el encierro se prolongaría quizá hasta junio. “¡No podremos festejar a mi madre!”, suspiró; porque tenía esperanza de que todo terminara para entonces. Y además ¡tenía tantas cosas que resolver!

Le angustiaba el futuro, sin trabajo se sentía incompleta. Empezó a dormir mal, a despertar varias veces en la madrugada, angustiada; a estar de malhumor durante el día. O a veces se entristecía al recordar que al terminar todo esto ella no tendría a dónde regresar a trabajar. Se sentía enojada.

Y más con aquellos que, sin nada que hacer en la calle y teniendo la posibilidad de quedarse en casa, andaban en la fiesta prolongando el encierro. Pero quizá en su interior los envidiaba por ser tan inconscientes. Hablaba y hablaba con su hija de la situación diaria, pero tuvo que darse cuenta que eso no hacía sino intoxicar su ambiente. Qué de los que salían sin necesidad de hacerlo, qué de aquellos que no podían evitarlo, o de los demás que sus empresas no los habían dejado encerrarse. La situación era difícil para todos.

En medio de todo el caos una noticia triste llegó a su vida; llegó temprano, con un timbre triste, agudo y prolongado del teléfono: uno de sus sobrinos murió repentinamente. Estaba enfermo del corazón desde hacía un tiempo, pero había salido adelante. Sin embargo, esa mañana de miércoles simplemente se fue mientras platicaba con su esposa.

Diana no lo tomó bien. Se quedó pasmada, se sintió enferma. Quiso estar sola para llorar, para pensar, para recordar. Quería correr e ir con su familia, con su hermana, con su madre, unirse en un solo abrazo. Saber. Pero no podía hacerlo y solo se quedó quieta, sentada junto a la ventana, acariciando a uno de sus muchos gatos.

La cercanía con el felino le trajo tranquilidad y empezó a entender que bajo estas circunstancias la familia no podría reunirse. Lloró silenciosamente sintiendo cómo sus lágrimas escurrían por sus mejillas. No las secó, no quiso hacerlo. Y tuvo que esperar, tuvo que conformarse con ver los whatsapps en el grupo familiar, con los comentarios de desaliento. Ver cómo las emociones se transformaron en emoticones y la voz en palabras que intentaban transmitir el sentimiento de la pérdida. Ese día todo se detuvo. Hizo lo cotidiano en automático, la comida, su aseo.

Para entonces las medidas se habían hecho más rigurosas. El país estaba en la fase 2 de la pandemia. Las concentraciones de personas estaban limitadas y la familia no pudo reunirse. Lo más triste fue que todos querían ir a despedirlo y no pudo ser. En medio del dolor, hubo que tomar decisiones. Sólo los más jóvenes acudirían al velorio. Faltaron muchos, porque los adultos mayores y los enfermos crónicos eran varios. Todo a fin de respetar los protocolos de sana distancia implementados por la Secretaría de Salud para proteger a los más vulnerables.

Todo cambió. Incluso el período de espera en la cremación fue mayor que en tiempos normales. Y el Rosario, ese ritual que permite reunir a la familia doliente en la oración para lograr un poco de alivio, también fue distinto.

Gracias al uso de la tecnología muchos de los familiares pudieron estar presentes en la transmisión en vivo de la levantada de cruz, y en el último Rosario. Para Diana ese fue un momento único porque aún a la distancia pudo orar por su sobrino, siguiendo el ritmo de los ahí presentes que lloraban mientras guardaban la cruz de cal y rosas en una caja. Ellos no podían oírla, pero eso no le importó porque en su corazón ella sabía que él sí. Además aunque estuvieran lejos unos de otros, los sentimientos de todos estaban conectados.

Con la despedida de su sobrino llegó la fase 3 de la pandemia, la más crítica, y las medidas se agudizaron. El mercado local antes tan visitado implementó el uso riguroso de cubrebocas y gel antibacterial; prohibiendo además la entrada con niños y mascotas.

La gente empezó a usar el cubrebocas a regañadientes, pero no impidió que la mayoría siguiera reuniéndose en la calle o en sus casas para organizar fiestas con música hasta las primeras horas de la mañana.

Diana ya no quiso pensar en el futuro. La repentina muerte de su sobrino – al que apenas había visto para festejar la llegada del Año Nuevo – la hizo hacer un alto, y llegar a una conclusión: “Las cosas se resolverán en su momento”.

Ahora estaba doblemente triste, ansiaba ver a su madre y a sus hermanos; a sus sobrinos, abrazarlos. Empezó a ver a la pandemia no como una calamidad sino como un proceso de duelo, del que podía salir fortalecida si aprendía las lecciones que quería enseñarle.

No tenía poder sobre las decisiones de los demás. Pero sí sobre las de ella.

Notó que había abandonado sus rutinas de zumba, yoga y tai chi, que antes practicara con empeño, y que en su momento le habían ayudado tanto. Después del cierre de la empresa en la que laboró por más de 30 años, le había costado trabajo retomarlas. Así que decidió empezar de nuevo.

La emergencia no tenía fecha de término. Se decía que hasta fines de mayo, pero no era una certeza. Decidió tomárselo con calma. Tenía muchas cosas que hacer en casa: limpiar, lavar, organizar documentos, estar con la hija más tiempo; hablar con su hijo y con su madre por teléfono o videollamada, aprovechando las maravillas de la tecnología; leer, escribir, sonreír…

Porque contra todo lo negativo, había cosas positivas por las cuales ser feliz. Por ejemplo le alegraba saber que la naturaleza se estaba recuperando de la huella humana: podía ver imágenes de los mares limpios y azules; de animales deambulando sin temor por lugares donde antes no se hubieran acercado; de un cielo azul libre de contaminantes; pero lo mejor para ella fue ver cómo un colibrí había elegido su jardín para hacer su nido. Ese jardín que durante mucho tiempo no había dado sino unas pocas papayas un tanto desabridas y un limón que tardó años en florear, y que pronto daría frutos.

El ave empezó por hacer visitas esporádicas como buscando algo. Diana incluso elaboró un bebedero para que pudiera tomar agua azucarada, el cual ignoró totalmente. Por varios días el colibrí sólo se posaba en alguna ramita y observaba. Después sin más empezó a llegar varias veces al día y fue cuando la mujer descubrió el objetivo.

A la pequeña ave le llevó apenas unos días tejer su nido en una de las ramas del árbol de limón. Lo hizo con pequeñas ramitas y pelo de gato, sin prisas, sin ayuda. A Diana le asombró su paciencia y entereza. Había leído que estos pajaritos necesitan comer cada 10 minutos pues gastan demasiada energía debido a lo rápido de su aleteo. Ella no sabía dónde comía, sólo que iba y venía varias veces al día, con apenas unos minutos de descanso. Fue maravilloso ver cómo tejía con su pico la cuna de sus crías, y cómo ahora empollaba dos diminutos huevos, mientras se quedaba toda la noche inmóvil bajo las ramas, impasible ante el viento y las lluvias, que ya habían empezado a llegar.

En una breve investigación supo que las crías tardarían entre 14 y 23 días en nacer. Quizá para mediados de mayo, cuando a decir de los especialistas podría estarse saliendo de la etapa crítica de la pandemia.

Diana sabía que esa era una buena señal, muy buena, porque había escuchado algunas leyendas en torno a los colibríes y la mayoría coincidía en señalar que estos diminutos pajaritos son portadores de buenas noticias. Y ella tenía esperanza de que así fuera. Confiaba en ello.

Rosario Pinelo Vázquez

*Periodista cultural

*Lic. en Ciencias de la Comunicación. Facultad de Ciencias Políticas y Sociales UNAM

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