Una historia de sobrevivencia para la cuarentena

Crónica de Oaxaca comparte con sus lectores el cuento de la destacada escritora Aída Zúiñiga, una ficción sobre la sobrevivencia en estos aciagos días de pandemia.

Una historia de sobrevivencia para la cuarentena

Por Aída M. Zúñiga

“Cuentan que hace mucho tiempo, por allá, en el espacio sideral, chocaron grandes rocas y de un pedazo empezó a moldearse una canica azul. Al principio no era azul, claro, sino color fuego porque estaba muy caliente. Poco a poco fue bajando su temperatura, luego llovió, el agua llegó y cubrió con su manto azul el bello globo estelar.

Un día, en lo profundo del océano, surgieron unos bichitos pequeñitos que empezaron a replicarse y llenaron de vida la canica azul. Como un gran ser vivo, a la caniquita a veces le daban escalofríos y temblaba, estornudaba y provocaba vientos huracanados, lloraba y causaba lluvias, en fin, así vivía y era muy feliz cobijando a tantos seres: plantas, animales, insectos, bacterias. Todos convivían en armonía, cada quien haciendo lo suyo, muy contentos.

Y entonces llegó la edad oscura. No se sabe de dónde vino, ni cómo surgió, el virus más feroz y mortal que jamás había atacado al joven planeta. Al principio pasó desapercibido por todos, quizá porque en sus orígenes solo buscaba sobrevivir, escondido en la negrura de las cavernas.

Pero rápidamente agarró fuerza y confianza. Se multiplicó y perfeccionó su agresividad, como todos los virus mortales. Empezó a atacar para comer y reproducirse, hasta convertirse en plaga. Cuando la canica sintió los dolorosos avisos de que algo la había infectado, mandó a sus soldaditos a la defensa. Epidemias de sarampión, viruelas, pestes, gripas, diarreas, todo se utilizó para eliminar al enemigo, pero nada lo detenía. Mutaba y se fortalecía.

Reunidos en consejo, agotadas las reservas y perdida la esperanza, los seres vivos lamentaban que pronto el hermoso globo azul moriría.  No había nada más qué se pudiera hacer. Pero volando llegó la noticia: Don Murciélago había inventado un último recurso, microscópico, sigiloso y tan feroz como la plaga misma. El arma ultra secreta: covid-19.

Entonces llegó la luz. Empezaron a caer los enemigos fulminados; al principio murieron unos cientos de miles, los más débiles. El enemigo no le dio importancia, estaba acostumbrado a adaptarse para sobrevivir; pero llevaba en sí mismo las armas más efectivas contra su propia especie: el egoísmo y la soberbia.

Covid sembró la semilla para su eliminación, pero la raza humana culminó dicha labor creyendo que la inmunidad del rebaño era su mejor defensa. No importaba sacrificar a los viejos, a los enfermos o a los pobres, si eso garantizaba la supervivencia de los más fuertes.

Pero los más aptos fueron cayendo también, hartos de la cuarentena salieron a las calles más ansiosos que nunca por consumir lo que fuera. Covid aprovechó para invadir sus organismos alterados por el encierro. De ese modo el ser humano, la plaga más mortífera que haya sufrido el hermoso planeta azul, se extinguió de la faz de la tierra”.

¡Ahhh! El pequeño suspiró, qué bonito contaba esa historia Don Búho, su abuelo. Levantaron las alas para regresar a casa y desde lo alto contempló las ruinas de la ciudad humana, cubiertas de maleza. Los animales paseaban felices de recuperar su hábitat. La canica azul había retomado su equilibrio.

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