Reconciliándome con mi cuerpo

En esta entrega, el Taller Tarde de Papel presenta Reconciliándome con mi cuerpo,  escrito por Beatriz Martínez Oliva, quien nos narra que con el paso de los años nos vamos dando cuenta de los cambios que sufrimos en nuestros cuerpos;  el tiempo cobra su factura con la caída de la piel, del cabello, de los párpados o de los senos, y las arrugas van tomando su lugar convirtiéndose en surcos como señales de nuestros recuerdos. Lo más importante, afirma Beatriz, es amar nuestro cuerpo porque refleja el gozo y el placer de lo que ha sido nuestra vida.

Agradezco mucho a Crónica de Oaxaca el espacio que brinda a los integrantes del Taller Tarde de Papel para la publicación de nuestros escritos.

Atentamente,

Alicia Alarcón

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Reconciliándome con mi cuerpo

Beatriz Martínez Oliva

Estoy en esa edad en donde empiezo a verme sin filtros, sin críticas. Reconozco cada pliegue de mi piel. Las arrugas de la cara, y hasta los vellitos latosos de la zona de la boca y barbilla que me tengo que quitar una mañana sí, y la otra también. Abro el cajón del tocador y lo primero que veo son las pinzas para depilar, y el espejo de aumento, que sin él no habría modo de ver a los ingratos y aferrados vellos (que de bellos no tienen nada). Veo mis chinos desordenados. A esta hora de la mañana, soy lo más yo que puedo ser.

A punto de entrar en la ducha, me echo una mirada frente al espejo de cuerpo entero. Hace algunos meses me chocaba ver mi desnudes. Tenía muchos kilos de más, y ahí, en cueros no había forma de no notarlo. Pero hoy, hoy algo cambio.

 Veo que esos kilos demás los necesitaba para sentirme fuerte y poder con lo que iba a vivir los meses siguientes. Mis papás en casa pasando la cuarentena famosa. Yo en resguardo alejada de mis hijos, hermanos, amigos que son parte de la familia que había seleccionado. Pero en los siguientes meses bajé de peso, así sin más, no hice nada sólo trabajar en fortalecer y apoyar a mi familia que aunque estábamos físicamente alejados tuvimos que apoyarnos incondicionalmente.

Mi reconciliación con mi cuerpo se ha dado en gotero, poco a poco, veo mis muslos y noto que le sobra piel y tienen marcas de tiempos de opulencia, el abdomen con una cicatriz de amor (tres cesáreas). Cada embarazo hizo su aportación, estrías y celulitis. Los pechos que una vez fueron firmes y provocaban emociones hoy están en caída libre, producto del amamantamiento de mis tres hijos. Finamente les di el uso para el cual fueron creados. El amor de ese simple, pero perfecto tiempo de lactancia lo vale todo.

 Mis brazos tienen alas, esa piel floja que se suelta la muy ingrata de donde un día estuvo muy afianzada de grasa o en el mejor de casos de músculo, estas “alas” me han salido, quiero pensar, para recordarme que ya puedo volar a donde quiera, cuando quiera, nadie depende de mí y, yo no dependo de nadie. La libertad que te da la edad, el tiempo y el deber cumplido, pienso. Viajar ligera, una maleta en donde quepan mis más profundos anhelos y la gratitud por lo ya vivido.

Mi cuerpo está cerca de los sesenta años.  Es perfecto. Justo lo que necesito y hoy, hoy empiezo a reconocer que no se requiere de un cuerpo lindo, sino sano, cuidado, visto y reconocido por mí, y no sólo hablo de lo físico va más allá, me refiero al emocional y mental, los cuales crecen de la mano, libres y en aceptación, sin tantos prejuicios. Sólo los rige el amor y la empatía.

¡Que bello es envejecer! No hacerlo sería pensar que ya no estoy en este plano.

Amo mi cuerpo porque refleja mi vida llena de gozo, de placer, caricias, lluvia, sol, lágrimas y alegrías infinitas.

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